En Apurímac hay un lugar muy especial llamado qowe q’arana, que en quechua significa lugar donde se le da de comer a los cuyes.
Allí hay piedras grandes, y alrededor de ellas hay muchas piedrecitas pequeñas. La gente del lugar las puso para proteger a unos cuyes mágicos que, según cuentan, viven debajo de las piedras grandes, lejos del pueblo.
Nadie los ha visto nunca, pero todos creen que salen de noche a comer, como las vizcachas. Por eso, cada persona que pasa por allí deja pasto verde al lado de las piedras. Cuando el pasto se seca, alguien trae más desde los valles.
En Apurímac solo hay dos lugares así: uno en Huancarama y otro en Huichiua, cerca de Chuquibambilla. Está a 30 kilómetros de Chuquibambilla, a 3.800 metros sobre el nivel del mar, esperando que la gente lo explore y lo entienda mejor.
El cuy y el cóndor
En las comunidades andinas, las fiestas son momentos muy importantes. La comida es lo principal, y uno de los platos más queridos es el cuy.
Pero lo más interesante viene después de comer. Cuando todos terminan, empieza una búsqueda muy especial dentro del pequeño cráneo del cuy.
¿Qué buscan? Un huesecillo diminuto llamado cóndor. Mide solo entre 2 y 3 milímetros, ¡como una semilla de ajonjolí!
El cóndor es un ave muy importante en la cultura andina. Es un mensajero de los dioses. Por eso, encontrar su huesecillo en el cráneo del cuy es un premio.
Los participantes miran con cuidado, compitiendo por ser el primero en encontrarlo. Quien lo encuentra, gana. Y recibe un premio o un reconocimiento, según las costumbres del lugar.
Pero el ritual no termina ahí. Una vez encontrado el hueso, se hace una libación: se derrama un poco de chicha o aguardiente como ofrenda. Es una forma de agradecer al cóndor y al cuy por el alimento.